miércoles, 10 de febrero de 2010

El Neurocirujano

El Lunes 30 de octubre tuvo una sensación agridulce.
Tempranito Maripily y yo nos arreglamos y nos fuimos al Banco Mercantil para firmar la compra de nuestro apartamento.
Nos encontramos con el representante de la Constructora, siempre amable y atento con nosotros, y me imagino que se debe haber sorprendido un poco con nuestra "pasividad".
Cualquiera esperaría alegría, excitación; nosotros estábamos algo poco más que taciturnos.
Desde luego, nadie sabía nada todavía de la procesión. Y yo ya tenía hecha la cita para esa misma tarde con el neurocirujano.
Total que, alrededor de las 9 am firmamos nuestra nueva casa, y nos tomamos un café para celebrar. Y luego de regreso a casa de mamá a esperar a las 3 de la tarde, a la visita médica.
Maripily no podía acompañarme porque tenía que buscar a nuestro adolescente hijo en el colegio, por lo que mi hermana Raquel fue la 'afortunada' que me acompañaría. Yo, desde luego, sólo no podía ir, corría el riesgo de un mareo-caída.
Puntuales cual ingleses, llegamos al consultorio, y mi primera impresión fue que, si la calidad iba de la mano con la cantidad de pacientes, este Doctor debía ser excelente.
Nos anunciamos con la secretaria-recepcionista y, probablemente porque el Doctor Baltar (el internista que me refirió al neurocirujano) ya había hablado con él, no tuvimos que esperar casi nada, más bién, nos pasaron a una pequeña salita acomodada como mini-sala de clases, y en cuanto terminó con el paciente que estaba tratando, el Doctor Mauricio Krivoy nos hizo pasar a su consultorio.
Un pequeño paréntesis sobre la familia Krivoy. El padre, Abraham, fué pionero de la neurocirugía en Venezuela, su hermano, es también neurocirujano, y sus dos hijos, pués también neurocirujanos.
Por lo que pudimos leer y oir de variadas personas, Mauricio Krivoy, si no es el mejor, está en el top three de los neurocirujanos en Venezuela, superando al padre, y con fama incluso fuera de nuestras fronteras.
Es una persona de estatura quizá algo baja, pero de rostro agradable y expresión tranquila, lo cual para alguien que se gana la vida cortando y cosiendo cerca de nervios y neuronas debería ser un requisito de ingreso.
Saber de su fama antes de verlo, da algo de calma respecto al personaje; pero mi preocupación era el tumor, no la reconocida habilidad del cirujano.
Le eché el cuento de cómo llegué hasta allí y él, al ver las imágenes, me dijo que ya las conocía. Resulta que cuando me estaban haciendo la resonancia, él casualmente estaba por allí y le pidieron un a opinión. Mundo pequeño este.
Su diagnóstico fue bien preciso, tumor benigno (por fin alguien le ponía apellido al niño), y con dos opciones de tratamiento:


1. Abrir el cráneo desde atrás, operándome estando yo en posición sentada, y extracción de la masa.


2. Radio cirugía. Un procedimiento no invasivo pero que tarda dos años en ver el resultado.


El costo? Cuestan lo mismo. Y entonces me preguntó a mí qué prefiero. Me dieron ganas de contestar que lo que prefería era no tener esa cosa creciendo en mi cabeza, pero todavía estaba confundido, tratando de pensar qué hacer.
Y entonces me dijo: "Te lo voy a hacer más fácil, vamos a hacer radio cirugía, todavía está en un tamaño que admite este tipo de procedimientoy no tenemos que abrir el cráneo".
Después me explicó que la sugerencia del tipo de intervención la hace un poco en función del tipo de paciente; si ve que el paciente va a ser suficientemente responsable como para seguir un control trimestral por dos años, el propone radio cirugía; si el paciente parece un loco de atar, que quién sabe cuándo lo volverás a ver, pues a abrirle el coco.
Personalmente no me agradaba mucho la idea de que nadie me salte la tapa de los sesos, aunque sea muy hábil en eso, por lo que fuí muuuy fácil de convencer.
Me explicó en forma general cómo es el procedimiento, y me dió las fechas que tenía disponible para la operación. Primera opción 11 de noviembre, segunda opción 23 ó 24 de noviembre. Mientras más pronto me decidiera mejor, porque los síntomas que sentía se iban a acentuar; además, con lo que tenía allí no había más remedio que tomar acción, sea cuál fuere.
Le dí las gracias y le dije que muy pronto le avisaría.
Esa misma tarde hablamos en familia en casa de mi mamá. La decisión no era muy difícil de tomar, no había muchas opciones.
Solamente quería hacer una última consulta con un amigo del trabajo que tuvo dos operaciones de tumores cerebrales, y a él sí lo abrieron las dos veces; y me dijo sin dudarlo un segundo, que si tenía la oportunidad de usar un procedimiento que no ameritara abrir, que me lanzara por ese camino sin pensarlo.
Llamé al doctor e hicimos la cita para la intervención el 11 de noviembre, dos días después de mi cumpleaños.
Ahora solo quedaba avisar a todos los afectados de alguna manera: los jefes y amigos de la oficina, mis amigos personales.
En la oficina todos se quedaron con la boca abierta, y preocupados por supuesto. Tenemos más de 20 años trabajando juntos y estamos unos puntos por encima de la relación jefe-empleado.
Les expliqué el procedimiento y las fechas, y lo único que me dijeron fue, toma el tiempo que necesites, lo importante es que te mejores.
Y bueno, con los amigos la cosa es casi peor, si alguno de mis amigos me dice que tiene una pelota alojada en la cabeza estaría más que preocupado.
En todo caso, la suerte estaba echada, y lo único que me quedaba era preparar todas mis cosas para cualquier eventualidad (claves de las cuentas de banco, cheques firmados, etc.) y esperar el día de la operación.
Iba a ser una larga espera...